La meta eres tú

 William James, padre de la Psicología Funcional o pragmática, pensaba que nuestros estados mentales se debían a hábitos creados a base de repetición.

Decía que “nos sentimos tristes porque lloramos, enojados porque atacamos, miedo porque temblamos…”, y por tanto, si una persona quería cambiar una emoción sólo tenía que comportarse como quería sentirse. Es decir, si, por ejemplo, te encuentras triste lo que tienes que hacer es sonreír para hacer creer al cerebro que te sientes alegre.

Si esto fuera así ¿podría una persona que tiene un temperamento triste ser una persona alegre simplemente comportándose como si lo fuera? ¿Podemos cambiar nuestras emociones hasta el grado de cambiar nuestro temperamento?.

Jerome Kagan, psicólogo de Harvard, dice que existen cuatro temperamentos en dos dimensiones de la personalidad:

– Tímido o Abierto

– Optimista o Melancólico

Los dos primeros temperamentos tienen que ver con nuestra forma de relacionarnos con las personas, mientras que los dos últimos se refieren a cómo nos adaptamos o interpretamos el mundo.

Ser uno de estos 4 temperamentos viene impreso en nuestro cerebro desde que nacemos. La timidez, por ejemplo, se debe a una predisposición innata a la hiperexcitabilidad de un circuito nervioso centrado en la amígdala.

El temperamento optimista o melancólico viene, por otro lado, determinado por la actividad predominante en uno de los lóbulos prefrontales. Si hay mayor actividad en el lóbulo prefrontal izquierdo, la persona será más optimista; mientras que si es en el derecho la persona será melancólica.

Aunque la vida parezca una lotería y el destino escrito desde el inicio, a través de nuestra herencia genética, padres asignados y país de nacimiento, las investigaciones afirman que será la educación y la experiencia la que hará que seamos quienes somos.

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Uno de cada 3 niños perderá la timidez cuando entre en la guardería. Si no es así, se tendrá hasta los 10 años para aprender habilidades sociales a través de los padres. Si la timidez se resiste, la adolescencia seguramente será la peor etapa de la vida si se quiere formar parte de un grupo y no se sabe cómo encajar. Sin embargo, serán las siguientes pruebas sociales y laborales las que harán que el tímido tenga que salir forzosamente al mundo.

El cerebro nos permitirá durante toda nuestra vida, incluso en la vejez, aprender y cambiar. Sin embargo, superar la barrera biológica requiere un esfuerzo continuo de adulto si de pequeño no nos entrenaron en habilidades fundamentales para la vida como la confianza en uno y en los demás, el dominio de las emociones, ser capaz de calmarse y superar la frustración, la capacidad de motivarse, de comprometerse y de ser sensible a las necesidades de los demás.

Tener éxito, saber comunicarse, vender, tener relaciones sanas, estar alegre, cumplir objetivos, establecer límites, etc. sólo se puede conseguir haciendo de ello una meta y una constante diaria.

Pese a que nuestra condición y las circunstancias pueden servirnos de tapadera para no avanzar, la vida una y otra vez nos pedirá superarnos ya que tenemos el impulso natural de rellenar espacios vacíos.

Aceptarlo libera la carga…

“La disciplina no garantiza el éxito, pero la falta de disciplina garantiza el fracaso”

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Mucho más que correr

Este no es un post para deportistas o aficionados al deporte. Este es un post para un tipo de sedentarios que de jóvenes desarrollaron una intensa fobia a correr por el test de Cooper en el Instituto, o bien para aquellos que piensan que correr (llámese también footing o running) es  absurdo o sólo para super héroes.

Nos caracterizamos por una serie de conductas comunes respecto al deporte. Podemos mostrar una pasión desmesurada por éste o una gran apatía, dependiendo de la temporada del año en la que nos encontremos. Por ejemplo, es probable apuntarnos al gimnasio pagando un año por adelantado a principios de enero (o septiembre) y a los 3 meses desaparecer; o ir de vez en cuando a una tienda de deportes y arramplar con cosas que continúan en el armario, con la etiqueta puesta, años después…

A veces nos da, también, por intentar retomar deportes de la niñez como patinar, montar en bici y hasta esquiar creyendo que todo será como cuando tenías 12 años y te llevaron con el colegio a Valdesquí…

Sin embargo, por muchos avances o retrocesos en el tiempo, lo que nunca se nos pasaría por la mente es hacer footing.

Correr forma parte de un imposible ya que está asociado a la creencia de no poder aguantar más de 5 minutos sin ahogarte (literalmente).

Pero empiezas a ver fotos en redes sociales de amigos corriendo que creías que eran como tú. Bueno, no sólo corriendo, como quien da un paseo, sino participando en maratones!.

Durante varios días rumias sobre ello. Piensas, además, que si te enganchas, como parece que le pasa a la gente, tal vez dejarías de ser sedentaria…

Tal vez tú también puedes.

Al poco tiempo hablas con una amiga sobre tus propósitos de septiembre y le comentas esta idea descabellada.  Ella te mira sorprendida y te dice: – ¡Me compré unas zapatillas de correr anteayer!

No sabes si alegrarte o salir huyendo…

Como otras veces, por tu honor, sigues adelante y el día D, con taquicardias antes de empezar, entonas silenciosamente tu mantra “Yo puedo, yo puedo, yo puedo”. Tu meta es aguantar sólo 20 minutos.

Pasas los 5 primeros agónicos minutos,

Escuchas este tema,

Lo consigues!!.

El minuto 21 lo recordarás toda tu vida. Has alcanzado un objetivo inimaginable, has acabado con una creencia que ha marcado un hito.

…Ya que, si puedes correr…

¿qué no puedes hacer?