El doble sentido en las relaciones (II)

Según las conclusiones de Esther Parel en su investigación sobre la Inteligencia Erótica, las personas encuentran más atractiva a su pareja cuando:

1. No está. Cuando la pareja está separada surge el miedo y la imaginación que refuerzan el deseo.

2. La ves en su elemento, trabajando o relacionándose con otros. La perspectiva que da la distancia permite ver los valores activos del otro.

3. Hay sorpresa o novedad. Salir de la rutina, jugar juntos, reírse, el misterio, etc. favorece las emociones positivas y con ello el deseo.

Podríamos decir entonces, mirándolo desde el otro lado, que lo que apaga el deseo es:

1. La falta de distancia, de espacio e independencia entre los miembros de la pareja.

2. Estar pendiente de las necesidades de cuidado propias o ajenas.

3. La rutina en la relación.

Hay que añadir dos factores que son decisivos al inicio de una relación, y también para que esta acabe: el efecto halo y el proceso químico del enamoramiento.

El efecto halo se produce en la primera fase de la relación cuando atribuimos a la persona que nos gusta, pero que no conocemos, ciertas virtudes.  La impresión que tenemos, nada más conocer a ese alguien que nos atrae, se traslada a la idealización del hombre / mujer perfecto que buscamos. Asimismo, nosotros adoptamos un rol que busca ajustarse a la persona que el otro desea.

Este juego, que es natural y forma parte del cortejo, finaliza cuando dejamos, con el tiempo, de ser un misterio.

Por otro lado, el amor es un proceso químico. El deseo está en el cerebro en un cóctel de endorfinas (similar a la morfina) y otras sustancias que provocan el “enganche”, y los consiguientes problemas cuando dejan de segregarse.

Amor

Dado que en la unión entre dos personas interviene la química ¿qué hay después de que las hormonas lleguen a su línea mortal, aproximadamente a los tres años?

Una vez que ya no existe el enganche químico, continuar es una decisión racional. En esta segunda fase de la relación, las endorfinas dan paso al amor “real”, con gafas, y la pareja se enfrenta o bien a un desierto que le llevará a separarse, o continuar unidos por cariño o no estar solos o desarrollar un proyecto en común en el que disfrutar y aprender juntos, crear una familia, etc. pueden ser las metas.

En una tercera fase, cuando los miembros de la pareja dejan de sentir esa pasión y el miedo por ser abandonado, se suele bajar la guarda en cumplir el papel de amante perfecto para enamorar al otro y es el día el que marca las pautas, dejando poco tiempo para parar y ver si la dirección es la correcta.

Es aquí cuando se empieza a poner en evidencia que parte de lo que nos enamoró ya no está. Algunos defectos del otro, que al principio eran adorables, se hacen insoportables. Es difícil ver que tu compañero/a era así desde el principio, alguien humano.

La pareja llega inevitablemente a la siguiente decisión ¿salir juntos o separados de la crisis?.

El camino que se tome en este momento ya no estará tan marcado por lo que la relación quiere, sino por lo que dos individuos necesitan.

Si la pareja se separa cada miembro se encontrará ante desafíos que van desde ser independiente económicamente, emocionalmente, generar hábitos diferentes, relacionarse en entornos distintos…A la vez, dirigirse hacia un futuro en solitario que hará sentir miedo por la incertidumbre y el peso del pasado.

Si la relación ha durado muchos años, ser uno es el mayor reto. Pasar del enganche emocional, que te puede arrastrar a malas decisiones con otros “efectos halos”, a ser una persona que puede estar consiga misma y ser feliz.

Esta persona que se va conociendo, solventando los problemas en solitario, que aprende a reconocer sus cualidades y debilidades aceptándolas, y que va construyendo una vida sin prisa…es capaz ahora de reconciliar el amor y el deseo.

Y desde aquí se recuerda que para ser dos es necesario:

1. Ser uno, independiente

2. Reconocer los valores propios y del otro

3. Tener una actitud creativa ante los problemas y el día a día

Amar no es mirarse el uno al otro; es mirar juntos en la misma dirección

Antoine de Saint-Exupery

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